El momento más agotador de las mañanas laborables, a menudo, no es lavarse ni maquillarse, sino quedarse paralizada ante el armario. El armario está, claramente, a reventar, y aun así sientes que no tienes nada que ponerte; al final pescas cualquier cosa para salir y pasas todo el día con la sensación de ir mal vestida. Esta escena, apuesto a que la conoce la mayoría.
Dónde está el problema lo explica un hecho especialmente sencillo que se pasa por alto todo el tiempo: la impresión que los demás se llevan de lo que llevas hoy procede casi por completo de la capa más externa. De pie en el ascensor, en el metro, ante la pantalla de proyección de la sala de reuniones, compañeros y clientes te echan una ojeada y recuerdan tu abrigo, tu silueta; pero si dentro llevabas una camisa blanca o un jersey gris, prácticamente nadie podría recordarlo. Las prendas interiores se llevan para una misma; la pieza exterior es la que se lleva para el mundo.

Una vez entendido ese hecho, el orden de combinar para ir a trabajar debería invertirse: primero se fija la pieza exterior, y dentro se pone cualquier cosa. Y las piezas exteriores que una persona necesita de verdad en una semana son, justamente, tres.
Las prendas interiores se llevan para una misma; la pieza exterior es la que se lleva para el mundo.
La primera, una pieza larga de corte limpio, un trench o un abrigo, que llegue por debajo de la rodilla. Se encarga de todos los días que exigen presencia: ver a clientes, hacer presentaciones, acudir a ocasiones algo formales; agarrarla con los ojos cerrados nunca falla. En cuanto al color, mi preferencia personal va por el gris oscuro, el azul marino, el camel y esa familia: no roba protagonismo, no elige prenda interior, y nada de lo que metas dentro desentona.
La segunda, una chaqueta corta, un trench corto y firme o una chaqueta vaquera, de un material con algo de cuerpo. Se encarga de los días que exigen moverse: salir a trabajar fuera, desplazarse, tener que ir por la tarde a un almacén o a una obra. La ventaja de lo corto es que la persona se ve ágil y los movimientos no se ven lastrados; además, su aire se separa lo bastante del de la pieza larga, así que, al ponértela, a ojos de los demás es otro conjunto.
La tercera, un cárdigan de punto algo suave, o una americana informal sin hombreras. Es la zona intermedia entre las dos anteriores: tiene una capa más de estructura que un jersey, pero no es tan formal como un abrigo. Días de aire acondicionado en la oficina, una comida de trabajo con compañeros, ver a una amiga al salir: esas ocasiones ni de un tipo ni de otro las resuelve todas, y en la práctica suele ser la más usada de la semana.
Fijadas las tres piezas exteriores, las interiores pueden volverse perezosas hasta el extremo. Tres partes de arriba básicas en negro, blanco y gris, más una de rayas, bastan. Los pantalones solo necesitan ser dos: un pantalón de traje oscuro y unos vaqueros, en rotación. Ni siquiera hace falta cambiar los zapatos y el bolso, porque nadie va a repasar lo que calzabas para reconstruir tu semana.

Y así sale sola la secuencia de la semana. Lunes, ver a clientes: la larga con parte de arriba blanca y pantalón de traje. Martes, todo reuniones internas: el cárdigan de punto con la camiseta de rayas. Miércoles, salir a una obra: la chaqueta corta con interior negro y vaqueros. Jueves, presentación: vuelve la larga, con gris oscuro dentro, y a simple vista es otro conjunto. Viernes, lo más relajado: la chaqueta corta o el cárdigan, lo que pesque la mano, y al salir se puede ir directa a cenar sin pasar por casa a cambiarse. Cinco días, y ningún día parece repetido, mientras que la ropa que de verdad has movido suma, en total, una decena de prendas.
Que este método funcione se apoya en un pequeño temperamento de la memoria visual: la gente recuerda la ropa por grandes masas y siluetas, no por detalles. Cambiar la pieza exterior equivale a cambiar la silueta; cambiar la interior solo cambia el color de fondo. Así que, si quieres que los demás sientan que cada día llevas algo distinto, lo que hay que mover es la silueta, no los adornos de dentro. Muchos armarios explotan porque no paran de comprarse prendas interiores: treinta jerséis comprados y la silueta sin cambiar nunca, y la primera en cansarse es una misma.
Siguiendo esta lógica, el criterio para comprar piezas exteriores también cambia. No preguntes primero si es bonita; pregunta cuántos días a la semana podrás llevarla de verdad, y con cuántas prendas de las que ya tienes combina. Mi criterio es que una pieza exterior tiene que poder combinarse con al menos tres prendas existentes del armario para merecer entrar por la puerta. La que no combina, por espectacular que sea por sí sola, comprada será una pieza huérfana: te la pondrás dos veces y quedará colgada acumulando polvo.
Hay otro gesto pequeño que funciona de maravilla: el domingo por la noche, dedica diez minutos a colgar las tres piezas exteriores en la fila más externa del armario y a dejar las interiores dobladas en el sitio más a mano. Las mañanas laborables no rebuscas: tomas por orden. En realidad, la mayor parte de la dificultad de combinar está en decidir, no en la ropa. Si la decisión se traslada por adelantado al fin de semana, por la mañana solo queda ejecutar, y la persona entera se relaja mucho.


